18. Juli 2016

ECOS: El desarrollo político de América Latina

Entresacar un pedazo de la historia de su contexto general es una tarea desesperanzadora. ¿Dónde empieza un proceso histórico? Y, ¿dónde termina? Además surge otra cuestión: ¿qué es “Latinoamérica” desde una perspectiva política? Es cierto que se puede tomar una perspectiva transnacional, útil según los problemas que se tomen en consideración. Por ejemplo, no puede ser casual que en los años 70 se prodiguen las dictaduras militares en varios países –se podrían indagar las causas comunes de este fenómeno–. Pero esta perspectiva pasa por encima de la realidad concreta. Lo que domina desde dentro es la visión nacional. Aunque estas naciones surgieran de una manera, más o menos, artificial con los procesos de independencia a principios del siglo XIX. Con el tiempo, se han consolidado y han creado dinámicas distintas en cada país ancladas en lo nacional.

 

Los noventa

Históricamente, los 90 tienen como telón de fondo la caída del muro de Berlín y el hundimiento de la bipolaridad entre el mundo capitalista y el mundo comunista.

Pero a pesar de su tremenda importancia, estas realidades no afectaron de un modo inmediato a Latinoamérica. La única excepción sería el caso de Cuba, cuya economía estaba subvencionada por la Unión Soviética, y casi todo su aparato productivo y económico dependía de sus intercambios con los países comunistas del Este europeo.

De una manera indirecta, la caída de la Unión Soviética permitió que se relajaran las relaciones EE UU-Latino­américa, caracterizadas por el frecuente intervencionismo de Estados Unidos en diversos países con el pretexto de una posible expansión del comunismo en su vecindad. La excusa: no debía producirse una segunda Cuba.

En los 90, las dictaduras militares apoyadas –o toleradas– por Norteamérica quedaban bastante lejos. Sin embargo, no desaparecieron del todo. En Argentina, la dictadura militar terminó con la derrota de las Malvinas en 1982, pero los sucesivos gobiernos democráticos convivieron con la ley llamada de “Punto final” (aprobada por el gobierno de Raúl Alfonsín, en 1986). Esta garantizaba prácticamente la inmunidad penal de los autores de los crímenes perpetrados durante esos años. La Ley de Punto final fue derogada, en 2005, por el Tribunal Constitucional de Argentina.

No menos escandaloso es el caso de Chile: Augusto Pinochet perdió el plebiscito en 1989, lo cual dio paso al primer gobierno democrático después de su dictadura. Sin embargo, los militares se reservaron fuertes cuotas de poder. Pinochet tenía la comandancia del Ejército garantizada hasta el año 1998; luego, obtuvo el puesto de senador vitalicio. Acabó sus años acosado por los tribunales, pero consiguió irse a la tumba sin ser condenado. Dejó una sociedad profundamente dividida, una gran parte de ella se negaba a mirar ese pasado sombrío.

Economía

Desde una perspectiva general, la década de los 90 inició un proceso de recuperación económica, después de los terribles años 80, donde algunos países soportaron una deuda exterior que impedía todo desarrollo económico: se la llama “La década perdida”.

En 1992, el denominado “Plan Brady” encontró fórmulas para reorganizar la deuda y reducir su peso negativo en las economías nacionales. Se introdujeron reformas de corte neoliberal y se dio más juego a las fuerzas del mercado. Empezaron a producirse fuertes inversiones de empresas extranjeras: es la época de la expansión española de empresas como Telefónica, Repsol, Banco Santander y otras muchas. Esta expansión produjo no pocas suspicacias, con un cierto resabio a una segunda conquista, y conflictos concretos con el Gobierno de Evo Morales, en Bolivia, y de Cristina Fernández de Kirchner, en Argentina.

En este proceso de inversiones del exterior no hay que olvidar a China. En su necesidad de asegurarse el suministro de diversas materias primas, se ha convertido en un socio comercial clave. China también ha impulsado proyectos de infraestructura ofreciendo financiación ventajosa.

 

ALCA, NAFTA y ALBA

Los temas de la economía han ido modelando otros muchos procesos  políticos de relevancia.

En 1991, el presidente Bush lanza la idea de crear un plan de integración de las economías del continente en una especie de mercado común denominado ALCA, Área de Libre Comercio de las Américas. Este plan no ha llegado a concretarse, exceptuando algunos acuerdos con países de Centroamérica.

Más relevancia ha tenido el acuerdo conocido como NAFTA, en español “Tratado de Libre Comercio”, ratificado en 1994 entre Canadá, EE UU y México. Es un acuerdo interestatal, que garantiza la libre circulación de mercancías y de capitales, y no afecta a la circulación de mano de obra, que sigue siendo inexistente por la vía legal. Es un acuerdo que, desde la perspectiva mexicana,  provocó en su momento fuerte resistencia. No existe todavía un balance completo, pero ya se pueden percibir muchos aspectos negativos para la economía mexicana, sobre todo en la agricultura, que ha sido invadida por productos subvencionados de Estados Unidos. Por otro lado, las exportaciones mexicanas van entre un 80 y 85 por ciento al mercado americano, lo que impide que México cree una mayor conexión comercial con el resto de Latinoamérica.

Venezuela

Una de las reacciones más fuertes contra los planes de expansión comercial propiciados por EE UU con sus intentos de un mercado unificado continental, se produjeron en la Venezuela de Hugo Chávez. Desde su perspectiva, esos planes eran una variante moderna de la política impositiva, “imperialista”, que había predominado siempre entre ambas Américas.

Para contrarrestar esas tendencias, en 2005 se puso en marcha por el Gobierno venezolano el ALBA, Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América. Apoyado en los importantes recursos generados por el petróleo venezolano, se proponía reconducir los flujos de la economía latinoamericana en función de intereses puramente latinoamericanos sin la presión de poderes ajenos.

Los planes de Chávez tenían una fuerte carga ideológica y fueron vistos con mucho recelo desde sus inicios. Su política generó una fuerte polarización entre países que se adhirieron: por un lado Cuba (pero esta es una adhesión que presenta características propias); Bolivia, en 2006, con Evo Morales; Nicaragua, con Daniel Ortega, en 2007; Ecuador,  con Rafael Correa; Honduras en 2008; y del otro lado, los países que rechazaron la oferta.

Venezuela ha preservado el régimen democrático, pero ha tenido un vínculo especial con el régimen cubano, al cual ayuda garantizando el suministro de petróleo en condiciones favorables, a cambio de la colaboración de maestros y médicos cubanos que, a su vez, contribuyen a la realización de los planes sociales del régimen bolivariano.

Actualmente, con la presidencia de Nicolás Maduro, el proyecto bolivariano está experimentando un creciente cuestionamiento en lo que se refiere a su supervivencia en el futuro. Las razones: el hundimiento de los precios del petróleo y un Parlamento que no comparte las políticas gubernamentales. Sin embargo, es prematuro hacer un balance adecuado. No se puede pasar por alto que, entre otros, en los planes de ALBA había proyectos importantes para el desarrollo industrial y energético de varios de los países adheridos; y por otro lado, políticos como Evo Morales y Rafael Correa gozan de gran prestigio en sus respectivos países.

 

Colombia

Es interesante señalar que un país vecino tan importante como Colombia, y con un gran potencial de desarrollo económico, ha mantenido fuerte distancia con ese proyecto ALBA. Colombia, gobernada sucesivamente por gobiernos muy conservadores, especialmente en la etapa del presidente Álvaro Uribe (2002-2010) ha buscado una relación especial con EE UU, que durante años le fue negada debido a la sospecha de la influencia de los “paramilitares” en algunos miembros del Congreso.

Una vez superado ese escollo para EE UU, un acuerdo con Colombia ofrecía muchos aspectos positivos; por ello, en 2009 se firmó un acuerdo militar entre ambos países. La ayuda, oficialmente, iba destinada a apoyar al Gobierno colombiano en su lucha contra la droga, pero nunca llegó a explicarse del todo el alcance de dicho acuerdo.

Además de la lucha contra la droga, que durante muchos años contó con poderosos carteles, Colombia ha padecido la lucha de grupos guerrilleros con fuerte presencia en zonas interiores del país. A pesar de los recursos empleados por el Estado, nunca llegaron a ser dominados por completo. Sólo actualmente (año 2016) parece que el proceso negociador iniciado por el presidente Juan Manuel Santos está próximo a terminar con este tipo de lucha ancestral. Lucha que, entre sus múltiples aspectos destructores, ha significado el desplazamiento forzado  y la desposesión de millones de campesinos colombianos, que acaban malviviendo en grandes ciudades en situaciones de extrema pobreza.

El tema de la droga es una de las lacras de muchos países en Latinoamérica. Tomemos por ejemplo México, que vive una fase de gran bonanza económica. Sin embargo, no es posible pasar por alto los múltiples casos de asesinatos y desapariciones, y el hecho –no menos alarmante– de que, hasta ahora, el Estado no se muestra en condiciones de controlar tales delitos.

 

América Latina hoy

No es fácil señalar estos terribles hechos y, al mismo tiempo, destacar que la sociedad latinoamericana es una realidad mucho mas amplia y rica y que transcurre dentro de los cauces de la normalidad. Quizás el lenguaje frío del análisis institucional es el que permite vislumbrar un cuadro de mejoras y de progreso:

En el último informe de la Comisión de Economía para América Latina de la ONU, se fijan los siguientes aspectos que justifican ese optimismo:

  • La disminución del crecimiento de la población nacional y en especial de las ciudades.
  • El incremento de los niveles educativos de la actual población joven.
  • El mayor poder relativo de grupos raciales y sociales anteriormente excluidos.
  • La pérdida de poder de los sectores extremos de la derecha y de la izquierda.
  • El afianzamiento de las prácticas democráticas y la emergencia de un nuevo tipo de liderazgo.
Todos y cada uno de los puntos señalados sintetiza aspectos muy importantes de la actual realidad latinoamericana. Quizás entre ellos convenga destacar el tercer punto, por lo que tiene de esperanzador en cuanto a la población indígena en el continente. Los libros de historia en España destacan que no crearon una sociedad dividida racialmente como los países anglosajones, que hubo uniones interraciales frecuentes, etc., etc. Lo que no se dice es que la sociedad en su conjunto estaba de hecho fuertemente jerarquizada desde un aspecto racial. Es cierto que las Constituciones actuales de los países de Latinoamérica establecen la igualdad jurídica entre todos los ciudadanos, pero también es cierto que, a pesar de ello, en la sociedad todavía hay una fuerte discriminación racial, sin duda heredada de épocas anteriores.

A pesar de ello hay cambios, lentos, pero reales: la elección de un jefe de Estado de origen indígena como Evo Morales, es un hecho y un indicio de un proceso más amplio de cambio.

En el año 2010, se celebró en Latino­mérica el segundo bicentenario de la Independencia. Hubo, como siempre, actos oficiales repletos de tópicos y retórica, pero en general no fue el tono dominante. Lo que predominó fue una actitud reflexiva: se empieza a admitir que los libros de historia que se usan en las escuelas los han escrito los de siempre, y que había, y hay, muchos grupos: negros, indígenas, campesinos, mujeres, que han estado ausentes en esa historia. Reclaman su espacio, la visibilidad que les corresponde, en el gran texto del relato nacional.

 

Texto: Javier G. Vilaltella, profesor de Estudios Culturales, Universidad de Múnich